Vanguardia y Revolución

El movimiento revolucionario de todo el mundo concedió siempre un papel fundamental a las llamadas vanguardias. Ya fuera a través de un partido político u otro tipo de organización, ellas decían estar capacitadas para conducir a las masas obreras y campesinas a la victoria sobre la burguesía y las clases dominantes en general, para luego, una vez en el poder, guiarlas en la construcción de la nueva sociedad.

Un ejemplo paradigmático de estas vanguardias son los partidos obreros-socialdemócratas  en el siglo XIX y los partidos comunistas en el siglo XX. Sin dudas, estos fueron años en que las clases explotadas obtuvieron grandes victorias, que van desde el derrocamiento de la dictadura burguesa y la instauración de regímenes socialistas, hasta la concesión de prebendas y la obtención de beneficios laborales, económicos y sociales por parte de estas mismas clases en las naciones donde no pudieron ser derrocadas.

Sin embargo, podemos distinguir varios ejemplos donde estas vanguardias no cumplieron efectivamente su papel y donde se estancó la lucha revolucionaria. Este proceso tuvo su punto de inflexión definitivo a fines del siglo XX, donde no solo los partidos y organizaciones  de izquierda sufrieron crisis existenciales, sino que en todo el planeta comenzaba a desgastarse el modelo del partidismo político y su respectiva partidocracia.

En el caso de las naciones socialistas de Europa del Este y la URSS podemos apreciar claramente cómo estos partidos dejaron de ser, en la práctica, la vanguardia de las sociedades que decían representar. El alejamiento de las masas, el acomodamiento, el burocratismo, los privilegios de clase, entre otras tendencias negativas, convirtieron a estos en la antítesis de la esencia con que habían surgido.

Por otra parte, debemos tener presente que, luego de la década de los ´60 y la expansión de la posmodernidad, fueron ampliamente criticados los grandes relatos de la modernidad y el papel de los líderes en los procesos de cambios fundamentales (revoluciones). Así, se va desestructurando el modelo que condujo a los procesos revolucionarios fundamentalmente en los siglos XIX y XX, por lo que llegamos ya a un siglo XXI donde el panorama es muy distinto, pero no todos lo han comprendido de esta manera, y son pocos los que han sabido readecuarse a los nuevos panoramas.

Pese a la existencia de una supuesta alternativa europea, con un PODEMOS en España, un SYRIZA en Grecia, un 5E en Italia y otros, claramente se aprecia la continuidad estratégica de antaño con ligeros cambios de táctica y un rescate del discurso demagógico-populista.

Solo es en Latinoamérica donde hay un intento más serio y efectivo en la práctica de las fuerzas progresistas por ajustarse a las nuevas condiciones, y con ello me refiero a los movimientos sociales. Estos, pese a ser variados entre sí, distan en esencia de los partidos políticos. En sus inicios no se planteaban la toma del poder político, sino de erigirse como una fuerza de presión contra los gobernantes para de ese modo hacer cumplir los reclamos de los sectores sociales que representaban. Sin embargo, algunos como el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales en Bolivia, optaron por la vía electoral como única salida real al cambio de cosas existente.

Aun así, no podemos decir que a escala mundial se observe una bifurcación  a consolidar esta opción como tendencia mayoritaria.

Este análisis viene a colación con la forma en que las masas y las organizaciones que emergen de ellas ven de un modo distinto el papel de las llamadas vanguardias, al menos en el sentido que anteriormente fuera señalado. Si miramos al Norte vemos que el abstencionismo gana las elecciones en las urnas dado el descontento y la no-identificación de los ciudadanos con las estructuras gobernantes y las élites políticas que dicen representarlos. Y si por casualidad miran a la izquierda no encuentran nada nuevo ni digno de fiar.

Hoy la Humanidad es por mucho más culta e instruida que hace cincuenta años atrás. Los obreros y campesinos de hoy no están tan enajenados de la política o de la realidad que les acontece. ¿Necesitan, pues, de una vanguardia que les diga qué hacer? ¿Debería esa vanguardia comportarse como en los tiempos de las grandes revoluciones? Y no solo hablo de explicar difíciles rompecabezas de la terminología económica, política o legal, muchas veces incomprensibles para los más letrados, sino de la conducción lineal, vertical y directa de cada uno de los procesos de lucha, tanto por la toma del poder como de la construcción de la nueva sociedad.

Los mecanismos democráticos tienden a hacerse más fuertes y transparentes en el sentido común de todas las clases y grupos sociales. Tal y como una vez las monarquías dejaron de ser legitimadas, hoy las burguesías comienzan a ser cuestionadas por grandes masas humanas que se lanzan a gritos sobre ellas. Pero las fuerzas revolucionarias siguen atadas a las concepciones decimonónicas de las vanguardias y no explotan el potencial de esas masas cada vez más ilustradas.

Los flashmob, las redes sociales en el ciberespacio y hasta las recientes movilizaciones a través de hologramas en España son muestras de la creatividad de un pueblo que se presenta igual de rebelde que en el siglo XIX, pero distinto por las armas con las que cuenta.

Seamos más perspicaces y cuestionémonos estas ideas a fin de poder articular exitosamente un nuevo modelo de reproducción y acción de los movimientos revolucionarios a nivel mundial.

Andrey V. Ruslanov / 6.mayo.2015