Un grito desde el postPostmodernismo

Hoy puedo. ¡Sí que puedo! Ya siento Su Presencia dentro de mí…

  1. Hombre

De cerca puedo contemplarle. Siento su respiración: es como la mía. Lo conocí antes de que todo sucediera, entonces él era feliz. Edipo gobernaba a su pueblo con el mayor de los esmeros. Su temple era aplaudido por todos.

En aquel tiempo el monarca nacía a semejanza del Estado, pero ya se podía comprobar cómo el hombre pujaba por ser Sol y no espejo. Hombre y Estado comenzaban a tener una relación, ora íntima, ora pública, que a todos llamó la atención. Y lo mismo que Homero y Sófocles y Eurípides en la vetusta Hellaz lo fue Dante al concebir el mundo en esta contemplación. A este lo conocí estando muerto, rondaba yo por el último de los círculos de su infierno, sí, aquel que más cerca está de Lucifer.

Para Alighieri el hombre no era el problema, sino el castigo que de forma u otra recibiría. Ni siquiera se molestó en ocultarlo: todos pecamos, todos moriremos y algún castigo recibiremos.

Pero entonces decidí creer en la reencarnación y le dije al Diablo que me aburría su eterna presencia. Entonces nací, pero en un tiempo distinto. Esta vez me vestiría de chaqueta y corbata y viviría en un poblado que por nombre llevaba Saumur. Gracias al bueno de mi tío Balzac conocí a un señor llamado Grandet. Este tenía una hija a la cual decidí hacerle la corte. En casa de los Grandet no se estaba muy a gusto, pero los ojos de mi princesa lo compensaban todo.

Balzac me decía que perdía mi tiempo, que para Grandet el tamaño del hombre se determinaba por la cantidad de dinero bajo sus pies, y que solo daría la mano de su hija a quien no provocara reveses en sus negocios.

Yo, insistente al fin, dejé la comarca donde viví, que creía la más bella del mundo, y me fui en busca de fortuna para obtener la mano de mi hermosa Eugenia.

En mis andares comprendí que los hombres no son iguales en ninguna parte de la Tierra y que cada cual piensa que su patria es la mejor, pero contradictoriamente construyen sus sociedades según aquella ciudad Dorada del otro lado del mundo y que en sus sueños le atribuyen los mejores prodigios.

Al regresar a Francia mi Eugenia se había casado y como yo seguía pobre decidí continuar mis viajes hasta hacer parada en la ciudad de Argel. Allí descubrí que ser hombre era más complicado y decidí olvidar lo que por siglos la Humanidad me enseñó. Para entonces vivía como un extraño y nada del mundo me importó.

La noche siguiente al día de mi muerte tuve un sueño revelador: una criatura me visitó, dijo llamarse:

  1. Miedo

En su presencia todo era frío y extraños temblores sacudían mi cuerpo hasta colarse en mi cabeza como comiéndolo todo.

Él me hizo recordar el tiempo en que una vez me llamé Ulises. A mi mente acudió el recuerdo de los besos de Penélope y lo mucho que sufrí durante veinte años por no tenerla entre mis brazos. Entonces recordé que para aquella vida no tenía más agua y pan de la que me brindaba el Miedo de no volverla a ver. Y aprendí a temer a los dioses y a arrodillarme ante su poder. Luego de mí, todos en el mundo griego lo comprendieron bien: era necesario temer.

A la segunda hora de aquel diálogo recordé a mi primo Romeo, quien junto a su amada Julieta vivió el mejor de los amores gracias a Miedo. Cuando pusieron fin a sus vidas habían decidido conservar para siempre tal sentimiento. De no ser un amor prohibido nunca hubiera sido tan grande y alabado. “Teme, hijo mío, y vivirás a plenitud en el eterno juego del Miedo”, me dijo un día mi padre William.

Pero tal suerte no corrió Rodion Raskolnikov. Él provocó un miedo diferente, feroz y cruel (tal vez de propia creación). Para él este monstruo no fue guardián de su vida (¡O tal vez sí!, exclamó mi otro yo), sino el carcelero de un castigo que por crimen cometió.

Ese día me hice amigo de Miedo. Comprendí que era el mayor héroe de la Humanidad. Claro, él me dijo que Hombre y Miedo no eran gemelos, sino trillizos, y al siguiente amanecer de aquella existencia conocí a:

  1. Muerte

Los ojos de Muerte me hicieron recordar viejos sucesos:

Encontrábame yo en una de las aulas de la universidad. Recibía una clase de Filosofía, cuyo tema era el Postmodernismo. A todos deslumbró aquel conocimiento. El debate se presentó en la determinación de quién era o no postmodernista. Yo me quedé en silencio, turbado y confundido. Aquel postmodernismo me dio un empujón al pasado:

Y vi cómo Yokasta llevaba a término su vida y cómo Edipo se cegaba para errar por los caminos en busca del peor de los suplicios. Entonces la Muerte era el pago y la condena en el reino de Hades, donde un remolino de almas atormentadas daría vueltas por toda la eternidad.

Pero no fue hasta la llegada del bondadoso Cristianismo que la Muerte se convirtió en dicha para los buenos y condena para los malos. Y Dante supo alertar muy bien en su Infierno el lugar y el castigo para cada uno de los pecados.

Aun así a Hamlet no le importó cuál sería el suyo tras el frío de la muerte y fue en su búsqueda arrastrando consigo a todo aquel que debía pagar por el asesinato de su padre.

A Grandet la Muerte no tuvo tiempo de hablarle, su llegada le habría molestado en caso de arruinarle algún negocio. Y todavía, cuando ella le llevaba de la mano sus ojos solo temían  por el oro que se alejaba.

¡Ah! Pero gloria si tuvo Andrei Bolkonsky al descubrirse vivo. La Muerte le tuvo entre sus brazos por un instante, aquella alma era muy pesada y le dejó caer. Y pudo el príncipe ruso comprender que el cielo era más grande y poderoso que Napoleón...

Y caí de nuevo en la silla de aquella aula, a punto de llorar, pero Muerte contuvo mis lágrimas y me hizo reflexionar:

  1. Más allá de la Postmodernidad.

En el olvido no se acaba todo, aunque ya no nos importemos el mundo seguirá existiendo y Su Presencia estará dentro de nosotros y de todo lo que Él creó...

Érase una vez un hombre que tuvo miedo a la muerte y hubo también una muerte que tuvo miedo a quedarse sin hombres. Fue entonces que de una unión entre ambos nacieron los literatos, aquellos que como autores dieron la luz a narradores que se encargaron de recordar en todos los lugares y tiempos el equilibrio entre tres elementos que mantienen de pie a la Historia (hombre, miedo, muerte).

Y es mi grito el de todos estos jueces-recodadores-escritores, criaturas más allá del postmodernismo, que han vivido fuera del lugar y el tiempo y sonríen desde el Postpostmodernismo.

Andrey V. Ruslanov (2012)