el privilegio del dolor

“Las cosas vivas tienen, respecto a las no vivas, el privilegio del dolor”. Hegel

El sentido dicotómico con que solemos distinguir las nociones de nuestras cosmovisiones marca el devenir cultural humano. Las ideas de “lo malo” y “lo bueno”, “lo fuerte” y “lo débil”, “lo hermoso” y “lo feo” son algunas de las que solemos utilizar para, más que describir y entender, sentir al mundo en que vivimos.

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Sin embargo, la riqueza y complejidad de la vida misma nos ha impulsado a distinguir matices, tonalidades y tratar de romper con este código binario. Pero, lamentablemente, su esencia epistémica subyace aún muy dentro de nosotros.

Todavía hoy seguimos clasificando, separando y etiquetando a los objetos, nociones y esencias que nos rodean. Basta con observar la predominante industria cultural, que tan exitosamente ha adoctrinado a las masas de buena parte del mundo, para darnos cuenta que la base de la cultura y civilización occidentales (campeonas de los siglos XIX-XXI) están justamente en premiar a “lo mejor” sobre “lo común” y/o “lo malo y deficiente”.

Pero lo que sucede con la llamada industria cultural es solo un ejemplo. Existen réplicas de este fenómeno en todas las esferas y dimensiones de nuestro mundo. Lo descrito anteriormente lo podemos encontrar tanto al interior de una taberna o club nocturno, que en un aula universitaria o centro de investigaciones.

Este proceder gnoseológico nos ha privado de explorar y sentir la dimensión más amplia, tal vez auténtica, de la vida toda. Cuando afirmamos que “sin muerte no hay entendimiento de qué es la vida”, que “sin sentir tristeza no sabríamos distinguir la felicidad”, nos referimos a una lectura particular del asunto.

Tomando los conceptos de “muerte” y “vida”, y la relación entre ambos, construimos nuestras cosmovisiones y sentido existencial a partir de otorgarle a “la muerte” todo lo malo y negativo que podamos sentir; y a “la vida”, todo lo placentero y positivo. Por tanto, nuestra existencia, generalmente, consistirá en hacer todo lo posible por “posponer la muerte” y “disfrutar la vida lo más que podamos”.

Pero, ¿qué sucedería de no existir una de las partes? ¿Sabríamos qué es la vida si desconociéramos la muerte? Yo pienso con toda certeza que NO. Valoramos (apreciamos) la vida porque tenemos presente las consecuencias de la muerte. Por ello, la carga “positiva” que le otorgamos a la primera se lo debemos justamente al accionar de la segunda. Entonces, no sería contradictorio afirmar que la noción de “la vida” debe agradecer su existencia (comprensión) a la noción de “la muerte”. Ambas se contienen dentro de sí. No las podemos separar, pues perderían su sentido y razón de ser.

Conclusiones muy similares a estas las podemos encontrar en los sistemas filosóficos y religiosos de las civilizaciones orientales. Justamente por esto la alerta que hiciera al inicio respecto al efecto de la hegemonía hoy de la cultura occidental.

El sistema de pensamiento dicotómico, caracterizado por separar y aislar, ha servido de materia prima a las filosofías que nos han llevado a construir estas sociedades moderno-posmodernas que tenemos hoy. No es casual, por tanto, que los pares “progreso-subdesarrollo” y “primer mundo – tercer mundo” sean los paradigmas culturales predominantes en la forma en que construimos nuestras civilizaciones.

Romper con dicho sistema traería aparejado un cambio radical en el devenir de nuestras existencias. Tal vez culpar al “sistema dicotómico” de los principales males que nos aquejan sería volver a cometer el mismo error que a él le criticamos aquí. Pienso que intentar solucionar nuestras afecciones va más allá de buscar una cura, o sea, un par dicotómico, sino de reinterpretar a dicha “afección”. Lo que sí propongo es abandonar, hacer desaparecer, ignorar, al paradigma dicotómico y colocar en su lugar al paradigma de la complejidad, en tanto es quien integra y une, dándonos la posibilidad de ver el todo sin descuidar la singularidad de cada una de las partes.

Andrey V. Ruslanov / 22.mayo.2015

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