El criterio ontológico sobre la verdad

El afán sensitivo humano por saberse garante de una estabilidad lo ha conducido por senderos que le han llevado al criterio de la verdad.

El devenir epistémico de nuestras culturas se deja notar esencialmente por el enfoque determinativo en el acto de evaluación y asimilación de los procesos, tomando como base y sustento último a la noción de La Verdad y las implicaciones gnoseológicas asociadas a ella.

Las expectativas de nuestra especie constan de un marcado carácter retroalimentativo a partir del acto de sentirnos a nosotros mismos en tanto tales y para sí mismo. Justamente, construirnos civilizatoriamente en tanto esencias centralizantes y centralizadoras de sí mismas nos ha obligado a fundar un constructo estrictamente ontológico de la Verdad, como sostén inmediato y último de nuestras cosmovisiones.

La Antropología choca diariamente con este empeño tan nuestro. Y descuidar las implicaciones que ello tiene para estudiar y entender la existencia que eco-reproducimos la puede alejar de las certidumbres más útiles a su objeto científico.

Tanto en el trabajo de campo como en el de gabinete, el antropólogo ha de usar los lentes deconstructores de esta teoría. La noción de La Verdad como criterio ontológico de la propia existencia humana debe convertirse en la premisa epistémica de los estudios antropológicos.

Desde una tribu hasta un poderoso Estado-nación tienen como bases establecidas de sus “verdades” el núcleo de lo que entendemos y sentimos sobre nosotros mismos. Entiéndase este último como aplicable a un individuo particular como a la civilización como un todo integrado. La Verdad en sí misma no es más que el reflejo de nuestro ser en el espejo de la autodefinición cultural.

Tal hecho tiene como consecuencia inmediata prejuiciar la mirada que tenemos sobre nosotros mismos, y con ella la praxis autogenerativa de nuestras existencias. Estos reflejos retroalimentan un ciclo meramente basado en el impulso innato de sabernos protegidos, poderosos, con garantías y como centro de un universo bien ordenado.

Para fortuna nuestra la propia vida nos ha hecho crecer y madurar; así, nos hemos percatado de tales falacias y de la complejidad intrínseca que ella encierra.

De este modo, cada vez chocamos con más fuerza contra el soluble muro de La Verdad. Tomamos consciencia del vacío que posee esta noción en tanto tal, y del mero papel instrumental en el proceso de construcción ontológica. Y de cómo esta última emite un criterio de verdad sobre el cual se reproduce el producto más inmediato del ontos: su cultura.

Cuando la Antropología estudia las “verdades” de determinada comunidad corre el riesgo de caer en el juego recursivo ontos-verdad, en tanto puede confundir la “verdad-imagen” (promovida por el ontos para definirse a sí mismo) con las “verdades” o “verdad última” (salida del ontos una vez habiéndose visto ya ante el espejo). A esto se unen las propias falacias culturales que segundo orden, o sea, aquellas producidas por la cultura y que interactúan indistintamente con cualquiera de estas dos verdades.

Si el antropólogo es capaz de distinguir estos bucles ontológicos podrá notar que su tarea pasará, ante todo, más que advertir patrones culturales, por asumir el juego ontológico sobre la verdad como paso previo para descubrir el ontos de su(s) sujeto(s) de estudio.

Andrey V. Ruslanov / 27.mayo.2015