Tras el bloqueo… ¿?

Este primero de diciembre entró en vigor el bloqueo financiero y bancario de Kiev a las regiones separatistas del Este ucraniano. Con ello, el presidente Petro Poroshenko apuesta por rescatar la soberanía sobre  este territorio; sin embargo, otros opinan que tal medida dará la definitiva independencia a las repúblicas rebeldes de Donetsk y Lugansk.

Con dicha ley la situación humanitaria de los habitantes de la zona empeorará, a razón del desabastecimiento progresivo de productos de primera necesidad. Así, este conflicto, que se  ha cobrado ya la vida a 4317 personas y casi diez mil heridos, muestra la persistencia de ambas partes en no ceder y al mismo tiempo lo contradictorio de sus decisiones públicas.

Un día después de la implementación de este bloqueo la República Popular de Lugansk (RPL) firma con Kiev un repliegue de medios de combate hacia la virtual línea de seguridad y un alto al fuego que entrará en vigor a partir del 5 de diciembre. Ya desde el 25 de noviembre la República Popular de Donetsk (RPD) había solicitado una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU a fin de exigir el envío de cascos azules a la zona para garantizar el cumplimiento de los acuerdos logrados hasta el momento.

Este convenio se inserta en la tregua acordada el pasado mes de septiembre en el encuentro que sostuviera en Minsk el llamado Grupo de Contacto para Ucrania, conformado por delegados de Kiev, Moscú y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). Dicha tregua ha recibido las denuncias de su violación por ambas partes beligerantes.

Sin embargo, estos exiguos intentos por buscar una tregua no son más que una forma de ganar tiempo para preparar un golpe demoledor contra los rebeldes, por parte de Kiev, y reorganizar y reabastecer a las tropas, por parte de los separatistas.

De ambos lados de la frontera ucraniana las potencias se resisten también. Ucrania es solo la excusa para ajustar viejas y nuevas cuentas salidas del reordenamiento de poderes a nivel mundial en las tres últimas décadas. Ante la amenaza de una Rusia emergente y desafiante, EEUU acude nuevamente a su lógica imperial de divide y vencerás.

El fracaso de lo pactado en Minsk es evidente, y las declaraciones emitidas la semana pasada por el presidente ucraniano, Petro Poroshenko y el vicepresidente de EEUU, Joe Biden dan muestra que solo desean el fin de la tregua y el aumento de la inestabilidad en la ex república soviética. Solamente en lo que va de año Washington ya ha concedido a Ucrania unos 320 millones de dólares de ayuda, incluida aquí el porciento para el sector militar.

La oligarquía que se hizo con el poder tras el golpe de Estado a Víctor Yanukovich hace un año solo desea el aumento de sus riquezas personales y no del bienestar nacional.  ¿Qué se hicieron las reservas de oro del Banco Central de Ucrania? ¿Adónde fue a parar de un día para otro el 90% que no aparece? Así lo confirma OroyFinanzas.com, pero no es de sorprenderse cuando comparamos el escenario ucraniano de hoy con aquel que desmanteló a la Unión Soviética, una fórmula que los agentes al servicio de Washington cumplen al pie de la letra.

Poca es la resistencia con que cuentan estos magnates en el poder de Kiev. El presidente Poroshenko justifica y alienta los crecientes ánimos beligerantes en el resto de la población ucraniana, llegando a afirmar que es algo pertinente, incluso, a fin de solucionar el conflicto de una vez y por todas.

Solo el partido Bloque de Oposición, dentro de la recién elegida Rada (parlamento de Ucrania) planea llevar el decreto presidencial del bloqueo contra el Donbás ante Tribunal Constitucional por violar los principios elementales de la subsistencia de la vida humana, es decir, acusarán al gobierno por aplicar terrorismo de Estado.

Entonces, ¿a alguien le queda duda todavía sobre lo que sucederá luego de este bloqueo? Los hechos, en su contradicción misma, muestran el doble racero de quienes imponen sanciones y pactan treguas al mismo tiempo. Es evidente que a las insurgentes RPD y RPL no les quedan muchas alternativas y gustosas firman dichos acuerdos, pero todos saben que la llegada de una guerra total es cuestión de tiempo.

En tanto Rusia, acosada e intimidada por Occidente, insiste en el cumplimiento de la tregua y envía casi semanalmente caravanas de ayuda humanitaria. Llegado el momento de un atizamiento  del conflicto, habría que esperar la reacción del gigante euroasiático. Putin se ha limitado a aclarar los acontecimientos, desvirtuados por la guerra mediática, y llamar al diálogo entre las partes. Pero todos sabemos que la paciencia del osos ruso tiene un límite. Muchos sectores políticos y sociales en Moscú no descartan un apoyo abierto a los insurgentes, aún más cuando se habla de otras zonas del sureste ucraniano que desean seguir los pasos de sus hermanas prorrusas.

Una actuación militar de Poroshenko sobre los insurgentes, tirando por la borda todos los acuerdos y mediaciones internacionales, podría provocar un efecto bumerang sobre sus intenciones. A la misma Unión Europea, vacilante de por sí ante la difícil situación en que la ha comprometido EEUU con su socio ruso, le resultaría más fácil desentenderse de las autoridades de Kiev y acusarlas por incumplir los intentos de paz.

El conflicto en Ucrania es solo el reflejo del tablero de ajedrez salido tras la disolución de la URSS y el inicio de la hegemonía imperial norteamericana, intimidada por las pujantes economía emergentes. De aumentar la inestabilidad en Ucrania ocurrirán nuevos alzamientos violentos como los de hace un año atrás y ello dará lugar a una eventual intervención de un modo más directo de las potencias en disputa. Al final los más perjudicados serán sus ciudadanos, pero de darse una confrontación entre Occidente y Rusia a través de las armas ya no serán necesarias las excusas y los daños los sufriremos todos.

Andrey V. Ruslanov