¿Qué son las fronteras? (Parte I)

¿Qué significan esas líneas invisibles que separan a nuestros países? Algunos las denominan como límites entre los Estados, entre naciones, entre culturas. Muchos las fundamentan con el devenir histórico de la humanidad y las justifican sobre la base del respeto a esa misma historia que ha levantado nuestras civilizaciones.

Pero es justamente ese supuesto respeto al pasado lo que ha validado, y lo continúa haciendo, las desgracias del presente. Las fronteras han sido siempre la excusa que los pueblos utilizan para construirse a ellos mismos. Son el espejo en el cual desean verse reflejados, una imagen utópica que veneran, pero que rara vez logran alcanzar. Este proceso de validación y construcción identitario trae aparejado guerras (de defensa o de conquista), disputas  entre vecinos y motivos de alianza o rivalidad.

Vale la pena entonces cuestionarse la utilidad, simbólica y práctica, que poseen estas demarcaciones artificiales en el futuro de nuestra especie y del único hogar con que compartimos. Tal vez baste con resemantizar lo que significa para nosotros, o tal vez necesitemos ser más radicales y abolirlas de una vez y por todas. Lo que no podemos permitir es seguir venerándolas como algo bueno, mientras que realmente nos alejan cada día los unos de los otros.

En el espectro ideológico que trata esta temática podemos encontrar en el primer extremo a los chovinistas, quienes defienden a ultranza y con recelo las fronteras nacionales. El chovinismo a través de la historia ha demostrado ser una ideología cargada de intolerancia, violencia y desprecio. Existen Estados chovinistas desde su surgimiento mismo, grupos sociales abiertamente chovinistas y otros que se comportan como tales de un modo inconsciente. Sin embargo, un estudio sobre el chovinismo y sus practicantes se revela más interesante cuando escogemos a un pueblo y los observamos a lo largo de su historia. De este modo veremos que las tendencias al chovinismo se hacen más fuertes en períodos de crisis, sobre todo en aquellas donde resulta más fácil culpar al extranjero de los problemas internos. Ejemplos clásicos son los alemanes de la primera mitad del siglo XX, cuando culpaban a los judíos de todos los males de su sociedad; y los propios israelíes de hoy, quienes con su doctrina sionista construyen un país en detrimento del pueblo palestino.

En el centro del espectro se encuentran los nacionalistas. Estos, si bien defienden incondicionalmente su Estado/nación, no se validan a partir del detrimento del “otro”, sino que trabajan en función del potencial interno. Es decir, su construcción identitaria prioriza los valores con que cuentan y con ellos trabajan para enaltecer aquello que los distingue del resto. Para los nacionalistas la prioridad fundamental es la defensa de la independencia y la soberanía de su país/patria y para ello harán todo lo que sea necesario. Justamente por esto último no se puede obviar que en todo nacionalismo se encuentra un gen potencialmente chovinista, el cual aparecerá o se hará más fuerte en los momentos de crisis, como subrayara anteriormente.

La ideología nacionalista es la más extendida y aceptada de todas. Sobre su base se encuentran edificados los órdenes constitucionales de cada país o Estado-multinacional, así como los tratados y convenios internacionales. Sus principios están ampliamente consensuados en todo el mundo y aceptado como verdades incuestionables. Solo últimamente se topa con un rival que año tras año gana más fuerzas y adeptos. No se trata de un contendiente nuevo. Sus orígenes los podríamos encontrar incluso en la antigüedad, y ha venido creciendo al mismo tiempo que el nacionalismo, sirviéndose de las deficiencias de este último.

La globalización (o mundialización, según quienes disputan el término) se presenta como la antítesis del nacionalismo (y por tanto del chovinismo), aunque se trata de una concepción que cuenta en su haber con un amplio conjunto de interpretaciones que pueden llegar a ser muy distintas las unas de las otras. Tal vez la más extendida sea aquella que propicia el libre ir y venir de capitales, mano de obra y mercancías de todo el mundo en función de los intereses económicos. Y a partir de esta se crean los necesarios andamiajes jurídicos, políticos  culturales.

La globalización impulsada por la excusa económica es la más desarrollada de todos los tipos de globalización. Actualmente es aceptada y fomentada por la mayoría de la naciones. Su existencia es vista con el mismo grado de utilidad que el nacionalismo, aunque esto, en el fondo, lleve consigo una contradicción. Los nacionalistas toleran o fomentan la globalización (moderada) por los beneficios que reporta a su Estado-nación. Los más conservadores siempre advierten sobre los males que esta puede causar, pero poco a poco van cediendo espacio a los defensores a ultranza de la globalización. Y son estos últimos los que constituyen el núcleo de esta tercera ideología que aborda las fronteras.

Ver a la globalización económica como la total negación del nacionalismo es un error, porque ella se sirve precisamente de las fronteras para legitimarse y establecer sus negocios de supuestas   ‘’ventajas competitivas”. En un mundo sin fronteras la globalización económica sería muy distinta a la que tenemos hoy.

Otros tipos de globalización existentes son las idiomáticas, las de las industrias culturales, de moda, de estilo de vida, de arquitectónica, académica, o sea, más ampliamente vista, la globalización cultural. De todas las que podemos encontrar esta resulta la que más atenta contra el nacionalismo, pues cuenta con sus propias bases, las cuales sí son la negación de esta. En los últimos 200 años ha sido Occidente el gran ganador, logrando imponer al resto del mundo sus cánones. Los imperios británico, francés y norteamericano impusieron su lengua, vestimenta, tipo de belleza, gustos culturales, hábitos y filosofía consumista, tendencias racionales, ciencias, etc. En ello jugó un papel importante la penetración económica, pero no fue lo exclusivo. Una amplia gama de factores intervinieron en este proceso, desde el estadio de desarrollo y situación coyuntural en que se encontraba la civilización colonizada hasta la guerra psicológica emprendida por los conquistadores.

La globalización cultural es la más nociva al establishment nacionalista que impera en la actualidad, pero valdría la pena preguntarse si es ella en sí misma una alternativa viable a los problemas generados por las fronteras. Los críticos más acérrimos contra esta tendencia (en su mayoría nacionalista) alegan que ella trae la destrucción de las identidades culturales, sustituyéndolas por patrones homogeneizantes carentes de libertad de opción, elección y diferenciación. Otros señalan que resulta tan enajenante estar aislados por fronteras como el hecho de no contar con ningún tipo de estas.

(FIN DE LA PRIMERA PARTE)

Andrey V. Ruslanov