La sangre del príncipe. retrocapítulo Gamma. Andreíadas, tomo I

Cuentan que un día el rey de los hombres supo la verdad sobre el secreto de los blancos. Muchos años de búsqueda, intrigas, espías y asesinatos le sirvieron para revelarse el antiguo poder que un día los hombres tuvieron. “Al fin”, gritaban con emoción; sus consejeros y hechiceros descifraron el enigma escrito en la última runa:

“Solo la unión del metal más valioso de las profundidades de la tierra con la piedra más poderosa caída del cielo podrán debelar el poder que controle al Punto Divino”, rezaban los caracteres.

_ Sin dudas el metal ya lo tenemos – dijo ufano el soberano, recordando el momento en que robaron a las altas criaturas el mineral que tan celosamente guardaban desde la última migración.

_ Ya el más diestro de nuestros herreros lo funde – le informó uno de cabeza rapada.

_ Pero, ¿cuál es ese diamante del cielo? ¿Acaso tendremos que luchar contra los dioses para que lo dejen caer?

_ Ehmm…, no lo creo, Majestad. – intervino el más anciano, tratando de contener la risa – Suponemos que caiga por sí solo.

_ ¿Y piensan que me creeré eso?

_ Verá, Majestad, cada cierto tiempo una roca gigante surca nuestros cielos. En su trayectoria siempre deja caer algún pedazo. Solo tenemos que descubrir dónde caerá e ir en su búsqueda lo antes posible.

_ ¿Cuándo sucederá eso?

_ Dentro de tres años.

 

Pacientemente esperó el rey, mientras, observaba cómo su hijo crecía al compás de su imperio. Prepararon toda una ceremonia para la noche indicada. El rey, junto a su familia y séquito, contemplaban con éxtasis el viaje que la centellante luz dio por el cielo. También todos pudieron observar cómo de la cola de aquel divino animal se desprendió una lucecita mucho más pequeña que cayó en el lejano norte.

_ No perdamos tiempo, rey de reyes. – le advirtió el de cabeza rapada frotándose las manos.

El Rey de Reyes por un momento dudó, solo una parte de aquellas escrituras le hacían vacilar: un verso rezaba que una vez obtenidos los dos elementos solo encontrarían la unión con la sangre vertida por el sacrificio de un primogénito de aquel que fuera a llevarla en su pecho.

Partieron los exploradores en veloz cabalgar en busca de la celeste piedra. Pasaban los días y las semanas y los meses sin noticias de los emisarios. El rey llegó a desear en un instante que nunca la encontraran, pero el tiempo enfrió su sangre, y las derrotas de sus ejércitos reavivaron su sed de poder.

El mayor de los príncipes recién cumplía sus dieciséis años de edad y era preparado como guerrero y pronto saldría al campo de batalla.

El menor tenía nueve años, los monarcas sabía que sería el nuevo rey, y en secreto ya lo habían comprometido en matrimonio con un rico reino del sur que, por su enorme resistencia, no había logrado doblegar.

 

Un aire de tormenta trajo un día de vuelta a los emisarios. Traían consigo una pesada carga: una enorme piedra que albergaba en su interior al preciado cristal.

El desespero del monarca se hizo mayor cuando supo que tampoco sería fácil extraer el diamante. Tuvo que esperar un par de meses más.

Quiso la Providencia que un día el mayor de los príncipes escuchara tras una puerta el destino al cual sería sometido. Lloró por solo pensar en todos los sueños de su vida que no podría realizar. Corrió entre las sombras del castillo dispuesto a huir.

 

La joya no estaba lista. En el interior de un círculo un pentáculo y en el seno del pentáculo un diamante sin brillo alguno.

Aquella misma noche, cuando los hechiceros se la entregaron al rey, este tomó una daga y, sin pensarlo dos veces, se dirigió a los aposentos del primer hijo.

Para sorpresa suya le encontró con un bulto tras sus espaldas cuando se disponía a huir. A sabiendas de sus actos el muchacho se esquivó del padre, pero los guardas le detuvieron.

_ ¡Madre! ¡Madre! – gritaba desesperado.

La madre jugaba tranquilamente con el más pequeño en su cuarto.

_ ¡Calla, cobarde! ¿Así sirves a tu reino? – le respondió el padre- Piensa que esto es por el bien de toda tu raza. Sería muy egoísta de tu parte si así no lo hicieras. – extendió su mano con la daga y el resignado hijo la tomó.

Aquella noche el Rey de Reyes bañó con sangre la preciada joya, que al instante brilló como el Sol.

Andrey V. Ruslanov