La cámara

Sé que había prometido no enamorarme. Preferí no probar nunca al néctar del amor como medida preventiva al sufrimiento que acompañaría a la decepción. Pero sus ojos eran como los míos: nuestras almas parecían destinadas a andar juntas. Entonces me dejé llevar...

Las primeras semanas fueron de puro goce. ¡Conocí tantas alegrías nuevas! Estaba fascinado, apenas me recordaba a mí. Pero claro, al llegar la noche y desvestirme ante La Cámara la felicidad desaparecía. Ella me recordaba que le pertenecía y por siempre además.

Fue en el momento en que nos amamos, un mediodía en su casa solitaria, cuando empezó realmente la historia...

Exploramos juntos nuestros cuerpos y complacimos a la pasión. El sueño le encontró y entre mis brazos cerró sus ojos. Yo, lleno de angustia por no poder acompañarle, permanecí en vela hasta que despertó.

_ ¿Qué te sucede? ¿Por qué no pudiste dormir? – preguntó. Yo volteé el rostro.

“Y cuándo lo descubra… ¿Me abandonará? ¡Oh, que maldición la mía!”, me reprochaba de vuelta a casa.

La noche volvió, puntual como siempre, recordando mi prisión. Todos estos años acostumbraron a mi cuerpo a la precisión del obligado descanso, reglamentado y estricto. Noches exactas y durante el reino del Sol ni un pestañazo.

Mi cuerpo, desprovisto de ropas y prendas, se acercó al frío metal. Madre me alcanzó el vaso con el líquido ambrosíaco y me besó en la frente. Siempre igual.

La cámara se abrió. Yo me coloqué horizontalmente dentro de ella. Luego se cerró y el suave gas me acompañó en el descanso.

En una ocasión él me pidió que viajara en su compañía fuera de la ciudad y ya no tuve escusas, varias habían sido las negativas. Mi “no” le afectó y lo interpretó como una mala señal. Esa noche nos despedimos más temprano.

Llegado a casa me encerré en mi habitación. Contemplé lleno de odio a La Cámara. Tomé un martillo e hice por destruirla, pero las fuerzas me fallaron y caí rendido a sus pies, envuelto en llanto.

Antes de dormir mi madre me anunció su sorpresiva llegada. Madre y yo temblamos de miedo. Verle me dio alegría y a la vez trajo a mí la confusión. Se sentó en nuestra sala y comenzamos una fría charla. Madre observaba el reloj desde la cocina con desespero.

“Lamenté mucho la forma en que nos despedimos, si no te volvía a ver no podría dormir”, dijo con los ojos ya cristalinos. “Muy gentil de tu parte”, le respondí sin pensar. “Espero que me disculpes. ¿Mañana nos volveremos a encontrar a la misma hora?”. “Claro que sí”, mi cuerpo sudaba frío y las manos se me entumecían. “¿Te sientes bien?”, pudo percatarse de mi estado. “Simplemente estoy agotado”. “Bien, te dejaré para que descanses”. Le acompañe hasta la puerta y antes de darle un beso caí tendido en el piso. Mi madre llegó corriendo y ambos me socorrieron. Madre le dijo que me cargara y me llevara al cuarto. Allí me desvistieron y me colocaron en La Cámara.

Una vez dentro recobré rápidamente mi salud. Madre me habló a través del micrófono y pude consolarla. Pero la otra voz no habló. Solo escuchaba fuertes latidos de un corazón que se debatía entre el miedo y la sorpresa, la incomprensión.

Al día siguiente de este suceso fui en su búsqueda al lugar de siempre. Transcurrieron dos horas y nunca apareció. Volví a casa deshecho y frente a La Cámara lloré y grité.

Transcurridos dos meses me convencí de que no lo volvería a ver. Sería mentir decir que lo he olvidado, pero al menos logré sobrevivir. Entonces supe que la cámara hiperbática y yo nos quedaríamos solos para siempre y que nunca más aspiraría al amor.

Muchos años después mi madre murió. Luego murieron mis hermanos, sus hijos (mis sobrinos) y sus nietos. Muerto el último me marché de la ciudad que desde hacía un siglo no veía mi rostro andar por las calles. Antes fui al cementerio y coloqué flores en sus tumbas. Sentí vergüenza de ver mis manos jóvenes aún frente a aquellos cuerpos deshechos.  Y al irme una voz me llamó: era el amor de tantos años atrás. Como yo conservaba su figura. Se acercó a mí y largo tiempo estuvimos mirándonos.

Hoy; o qué importa: ayer o mañana, si total, no conocemos el tiempo; vivimos juntos en la misma casa y cada cual duerme en su propia cámara.

Andrey V. R.  / 27 mayo 2012 al 10 de junio de 2012

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