Elecciones presidenciales Brasil 2014

Muchos pensaron que Dilma Rouseff ganaría las presidenciales de Brasil en la primera vuelta, otros, que tendría que ir a la segunda, pero lo que pocos esperaban era que sería con el candidato Aécio Neves del partido socialdemócrata brasileño (PSDB). Aún así, Dilma sigue siendo la favorita, solo que ha tenido que reforzar su programa electoral ante el avance de la oposición en la pugna por el electorado.

Ciertamente los años de gestión del Partido de los Trabajadores (PT) al frente del gobierno brasileño, tanto con Lula da Silva como con Dilma, han beneficiado a los sectores más desfavorecidos de esa sociedad. El aumento del gasto público y la creación de programas sociales han hecho salir de la pobreza a miles de brasileños. Sin embargo, esos mismos que han salido de la escasez y se han incorporado a la tan anunciada “nueva clase media”, en lugar de favorecer al izquierdista partido en el poder tienden a engrosar las filas de la derecha y la centro-derecha. Esto pareciera una contradicción, pero no lo es, y Dilma lo sabe muy bien.

Este fenómeno se da producto a que el PT ha ido perdiendo paulatinamente la base social que lo llevó al ejecutivo nacional y por creer que con algunas mejoras económicas se puede resolver todo. Lejos de radicalizar sus propuestas abandonó gran parte de sus promesas preelectorales. Se convirtió en una izquierda de corte socialdemócrata que dio a Brasil más neoliberalismo que los tan criticados gobiernos anteriores a Lula. Paralelamente al aumento del gasto social en estos años aumentó de manera desproporcionada el número de privatizaciones, tanto de empresas como de universidades. ¿Para qué? ¿Realmente era necesario? No, fueron acciones injustificadas.

El PT ha tenido miedo de romper con la estructura de poder que tiene el país desde que comenzara a emerger como potencia regional (apadrinada por EE.UU.) en la década del ´50 del siglo pasado. Lula logró deshacerse de la dependencia que los ataba de Washington (el 70% del comercio se realizaba con esa nación norteña), pero ni él ni Dilma han logrado doblegar a las élites burguesas nacionales que controlan las finanzas. De ahí el coqueteo del PT con pobres y ricos al mismo tiempo, queriendo complacer a todos y no dañar a nadie.

Pero la vacilación tiene un costo, y la caja de pago se encuentra en las urnas para la presidencia. Tal vez Dilma salga airosa en esta oportunidad, pero tarde o temprano la indecisión les pasará factura, ricos o pobres se encargarán de ello. Los primeros aumentarán sus campañas difamatorias y ejercerán mayor presión de lobby y chantaje económico; los segundos retirarán la confianza depositada en el partido y con ello sus votos, para luego lanzarse a las calles.

Esos miles que hasta hace poco salieron de la pobreza y que hoy pueden comprarse un coche y mandar a sus hijos a la universidad ven ahora al PT como un estorbo en el camino de las promesas de los más ricos. Dotar a los más pobres de un nuevo estilo de vida sin que ello lleve consigo una labor educativa revolucionaria, donde se inculque en la gente la necesidad del cambio, solo logró producir oportunismo entre la gente y exacerbar los ánimos consumistas al estilo de las naciones altamente desarrolladas del norte.

La falta de coherencia en el programa del PT, donde se mezclan medidas populistas, socialistas y neoliberales, ha desconcertado al electorado y ha restado confianza de la militancia de la izquierda mundial. Lula pudo haber impulsado más cambios de los que realmente hizo, y Dilma ha tenido (y tal vez tenga) la oportunidad de hacerlo. No son pocas las dificultades, pero otros procesos de cambios, incluso en el mismo continente, han demostrado que es posible.

Por otra parte, la tensión va más allá de las fronteras nacionales. Toda Latinoamérica está pendiente de los comicios, en especial los gobiernos de izquierda. En los últimos años esa región ha experimentado un proceso integracionista sin precedentes, teniendo a Brasil como uno de sus motores impulsores. Cualquier cambio en la cúpula de poder carioca podría entorpecer el trabajo de años y causar inestabilidad en sus vecinos, destruyendo la obra que ha dado esperanza de un futuro más justo y con mayores oportunidades a los habitantes de esa zona, la más desigual del planeta.

Pese a todo esto me gusta más el Brasil de hoy que el anterior a la era del PT, pero el problema radica en cómo será el Brasil del mañana. No me cabe la menor duda que si Dilma desea ganar estos comicios, y Lula pueda aspirar en serio a las próximas elecciones, tal y como lo ha anunciado, el PT deberá radicalizar su gestión en pos de una transformación contundente del país a fin de otorgar más a los que menos tienen y sembrar una cultura nueva, que elimine toda esa violencia que sacude hoy sus calles. De esta forma una opción verdaderamente anticapitalista podrá florecer y ser ejemplo para Latinoamérica y el mundo.

Todo lo expresado hasta aquí nos deja una enseñanza a todos los revolucionarios del mundo: si vas por la izquierda, no titubees y continúa hasta el final. Las revoluciones a media no existen, y todo proceso que desee llevarlas a cabo perece en el intento. Latinoamérica está en una coyuntura muy favorable para impulsar alternativas a la hegemonía capitalista mundial. Brasil cuenta con el potencial económico y las alianzas políticas y económicas necesarias como para enfrentarse a los centros de poder mundiales y externos a fin de volcar el orden de cosas existente. Que no dude entonces en lanzarse completamente al camino del cambio socialista.