El sacrificio

Ha mucho tiempo ya que los hombres no caminan sobre la tierra, es que se han tenido que esconder debajo porque en la superficie todo es tinieblas, un reino de demonios donde impera la anarquía.

Ha mucho ya que los hombres no ven la luz del Sol, perdido el privilegio de bañarse en la divina luz se han rebajado a escurridizas criaturas temerosas de sus actos.

Todo esto ocurre en tiempos tan antiguos, cuando aún la primera Estrella no había aparecido.

Un día atreviose un joven, harto ya de su vida, a atravesar los estratos hasta emerger de la cueva de su colonia. A tientas anduvo sobre las rocas, chocando con cuanto escombro había. Prendió una antorcha con la luz que traía desde abajo y pudo andar mejor.

En silencio le reventaba los oídos, roto de vez en cuando por un escalofriante aullido. Miró al cielo y vio cómo yacía secuestrado por las nubes tormentosas.

Sufrió mucho el joven al ver aquel panorama desolador y recordad las historias de los ancianos que lo referían como la belleza misma. Entonces tuvo una idea: construiría una gran hoguera que le devolviera la luz a aquel mundo. Juntó palos de aquí y allá, durante largas horas sin descanso, hasta construir una montaña enorme de maderos. Tomó su antorcha y le prendió fuego, el cual caminó poco a poco, pero ganando en intensidad. En unos minutos el coloso ardió todo. Una gran llamarada se alzó hasta el cielo, tan impotente que las negras criaturas se escondieron en sus cuevas, otras, huyeron despavoridas hasta los confines del mundo.

Fueron minutos de belleza, mas el joven sabía que pronto iba a terminar. Lloró y lloró hasta formar un río, que surcó con sus aguas al pie de la hoguera. Sentía que su vida ya no valdría de extinguirse la luz, por lo que decidido a no abandonarla, optó por la muerte adentrándose en su seno.

Dicen los que, sintiendo el calor de la hoguera desde las profundidades, habían subido a ver, que con el sacrificio la llama tomó más vigor, y una lengüetada de candela atravesó desafiante las nubes, que se disiparon con una antitormenta que despejó los cielos, y una claridad iluminó tenuemente la tierra. Los más próximos a la superficie salieron a vivir sobre ella, los de más abajo, desconfiados, se quedaron allí.

Fue el recomienzo de la vida luego del Gran Cataclismo. La humanidad volvía a cultivar sus campos y andar sus praderas. Surgieron nuevos y hermosos bosques, lentamente todo volvía a su lugar; pero el cielo seguía aún vacilante y no mostraba más que un resplandor a través de su cristal. El hombre, conforme, siguió viviendo sin reclamar.

Con la ceniza de la hoguera se formó una montaña, y entre esta y el río se asentó un pueblo que veneraba la acción de aquel jovencito. Se le rezaba como a un dios y se le quería como el hermano que fue.

De la antigua tierra ya nadie habló más, surgieron así, poco a poco, nuevos focos de civilizaciones que, inocentemente portaban parte del legado del primer gran reino humano.

Andrey V. Ruslanov / (Redactado en 2009)