El reencuentro

_ Ven, puedes pasar.

Daniil cruzó el umbral de la estrecha puerta.

_ ¿Por qué? ¿Por qué yo? – preguntó sintiendo como su cuerpo sudaba frío.

El anfitrión prendió otra lamparilla y la habitación, pese a la tenuidad, pudo apreciarse toda.

Daniil recorrió despacio cada rincón. Arrastraba sus pies como si anduviese por un campo de minas. Pudo observar la pequeña y vieja cama pegada a una esquina; el buró con su silla; el estante con libros; la percha con las ajadas ropas…

_ Esto… - su voz se entrecortaba - ¿Esto es lo que imagino? – tomó de una repisa uno de los cientos de pequeños frascos que la poblaban. Lo miró con detenimiento, como si no deseara la respuesta a pesar de haber hecho la pregunta.

_ Sí. Es exactamente lo que imaginas.

_ ¿Por qué?

_ Simplemente no los deseaba compartir…

_ ¿Con nadie?

_ Con nadie. – el dueño tomó el frasco transparente lleno de semen y lo devolvió a su sitio.

_ Pronto no habrá espacio para ellos en la habitación – intentó bromear Daniil, pero su interlocutor no se inmutó.

_ Llevo 18 años esperando… y ahora es que te apareces. – le replicó, aunque por el tono no se podía distinguir si estaba enojado o si simplemente no le importaba.

Daniil le miró directamente a los ojos, cosa esta que no había vuelto a hacer desde que lo conoció. La profundidad de aquella mirada le infundía miedo, locura, odio, angustia, desolación, pero al mismo tiempo no se podía resistir a ella.

_ Nada de afiches, fotos, flores. – dijo el huésped.

_ ¿Para qué?

_ No lo sé, es lo común. A la gente le suele gustar.

_ A la gente…

Daniil desvió la mirada y se dirigió al escritorio. Tomó el libro que allí yacía abierto y comenzó a hojearlo. De pronto suspiró. Con ello delataba que su interés no se encontraba entre aquellas líneas. Ahora su mirada se perdía más allá de los cristales de la ventana, un pequeño parque de frondosos abedules dejaba correr las abundantes hojas secas por su suelo.

_ ¿Me vas a responder?

_ ¿Qué cosa? – el dueño lo observaba desde la puerta, apenas sin pestañar, escrutando todos los movimientos del invitado.

_ Mi pregunta inicial. “¿Por qué yo?”

_ Siempre has sido tú. Solo que antes no lo sabías.

_ Entonces, ¿por qué ahora?

_ Ahogas tu vida con tantos “por qué s”. – cerró la puerta y colgó su abrigo detrás de ella.

Daniil se sintió sobrecogido. La puerta cerrada debería haberle infundido miedo, pero extrañamente no lo hizo.

_ Aquí dentro no es necesario esto. – le quitó al abrigo a Daniil y lo colgó junto al suyo.

_ En la escuela dicen que eres raro.

_ En la escuela dicen muchas cosas. Todo depende de las que tú escuches y creas. Yo podría decir que todos ellos son raros. Que tú eres raro. – y se acercó indiscretamente a él.

_ Solo digo lo que dicen.

_ ¿Y qué dices tú?

_ Bueno, estoy aquí, ¿no?

_ Ese es un buen comienzo, pero no lo es todo.

_ Al menos es bastante. Vlad[1]. – y se atrevió a pronunciar su nombre.

_ Nadie nunca me había llamado así, ni siquiera mis padres. – sonrió por vez primera. Daniil lo imitó, pero rápidamente regresó a su pose fría.

Daniil paseó la mirada por los libros, se sentía tan incómodo que no sabía qué decir.

_ Ahora quiero que me confieses algo. – Vlad se sentó en la esquina de la cama - ¿Realmente no me extrañaste todo este tiempo? ¿No pensaste siquiera en mí?

_ No sé a qué te refieres.

_ Tú mismo lo has dicho, “estás aquí”.

Daniil se dirigió bruscamente hacia la puerta, pero no tuvo el valor de abrirla.

_ Eso fue hace mucho tiempo. Yo era un niño. De seguro lo soñé. ¿Por qué me haces recordar cosas tan desagradables?

_ ¿Desagradables? – rio levemente Vlad.

_ Yo no sabía…

_ En realidad sí sabes por qué estás aquí. Sí sabes por qué tú.

_ ¿Alguien más ha venido aquí?

_ No. Eres el primero, eres el único.

_ ¿Seré el último?

_ Todo depende de ti. – Vlad se puso de pie.

Daniil no se percataba que su respiración había incrementado su ritmo.

_ Relájate, amigo. – Vlad puso sus manos sobre los hombros de su invitado.

_ Bueno, ¿y ahora qué?

_ Dime tú. He sido yo quien ha esperado todo este tiempo. – y miró los frascos con semen.

_ ¿Qué harás con ellos? ¿Los seguirás acumulando hasta que ya no tengas más? ¿Nunca tendrás una vida normal?

Vlad entornó molesto los ojos y se dirigió al estante.

_ Realmente no has entendido nada. – tomó un frasco y lo destapó. – Huele tan fresco… como si hubiera salido de mí hace solo un minuto.

_ ¿Qué haces?

_ Dame tu mano. – Daniil obedeció.

Vlad vertió el contenido sobre la palma de la mano. El líquido blanco se volvió viscoso al principio y duro después. Ahora era brillante, transparente.

_ ¿Lo recuerdas?

_ Sí. No sé cómo he sido capaz de negarlo. De negarte. – Daniil se acercó a él y apoyó su frente sobre la de Vlad. – Éramos tan solo niños… ¿Cómo fueron capaces?

_ No es tiempo para lágrimas. – respondió e hizo que las cuatro manos se unieran en el mismo puño.

_ Tenemos que hacer algo, ya no resisto más. – Daniil comenzaba a recordarlo todo. O mejor dicho, a admitir los viejos recuerdo que antes convertía en sueños.

_ ¿Dónde te encontraron ellos?

_ ¿Mis padrastros? En aquel orfanato.

_ Este es el primer lugar donde vivo por más de un año. – dijo Vlad.

_ Muchos saben que he venido a verte.

_ Por eso tus preguntas…

Vlad tomó el diamante y lo colocó dentro de una caja que sacó de la gaveta del buró.

_ ¿Ellos han sido buenos contigo? – preguntó Daniil.

_ Antes sí. Ahora no. Cada día puedo controlarme menos…

_ Debemos huir.

_ ¿Adónde?

_ No importa el lugar… Podría ser a Sibir, a Yakutia misma. – dijo Daniil con desespero. Se acercó a Vlad y lo tomó por la cintura.

_ ¿Y luego qué?

Un silencio los envolvió. La habitación se tornó más lúgubre de lo que lucía.

_ ¿Hay más como nosotros?

_ Solo te conozco a ti. – respondió Vlad – En mi vida solo existes tú. He resistido todo este tiempo porque sabía que nos reencontraríamos. – y acarició su rostro.

_ Tal vez en el orfanato sepan algo. – lo consoló.

_ Ya no existe. Cuando se desmembró el país, el nuevo gobierno no dispuso fondos y lo cerraron.

_ Investiguemos por las trabajadoras de allí.

Vlad apartó la mirada y volvió a sentarse sobre la cama. Esta vez dejó tumbarse a un lado. Daniil se sentó en el suelo y desde allí le habló.

_ Ya no estamos solos. Me tienes a mí y yo te tengo a ti. Vayámonos juntos y aprendamos a utilizar esto que tenemos. Tal vez si nos hacemos fuertes podamos vivir sin que nos sigan llamando monstruos.

_ Bien se ve que te ha ido fácil. – murmuró Vlad. – No sabes lo que significa no tener amigos, lo que significa no tener…

Daniil besó su boca tiernamente. Vlad no se opuso, pero luego lo miró extrañado, sin llegar a comprender el sentido de aquello. Luego se percataron que los focos habían hecho cortocircuito.

_ Ahora somos los dos. Solo los dos. Podemos compartirlo todo. – dijo Daniil.

Vlad desvió la mirada. Ahora parecía más confundido.

_ Espera… - exclamó al ver que Daniil tomaba su abrigo. – No te vayas.

_ No me voy. Nos vamos.

_ ¿Ahora?

_ Sí, de lo contrario nunca te levantarás de esa cama.

Vlad tomó una mochila y la llenó de todos los frascos de cristal. Daniil le sonrió y juntos cerraron la puerta.

Andrey V. R. /  8 de abril de 2014

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[1] Diminutivo de Vladislav, nombre eslavo.