El nacimiento de El Dragón

Cuentan que la fiera dragona era implacable con sus víctimas. Acosaba continuamente cada aldea, ya fueran grandes o pequeñas, algunas veces por hambre y otras por distracción. Pero solo destruía las moradas de los hombres si estos intentaban atentar contra ella< quería tener los juegos garantizados. Cada vuelo lo iniciaba sabiendo de entre las entrañas del volcán, aunque muchos afirman que ese no era su verdadero hogar.

Dice la leyenda que un día caminaba el lagarto por entre el oscuro bosque. Lo hacía con pasos lentos, hasta se podía decir que iba encantada, buscando algo que solo ella sabía.

Escuchaba un sonido, no podía afirmar que fuera música o ruido, simplemente la atraía, le gustaba llegó entonces a un lago, cuyas aguas tenían extraña apariencia. Provenía de allí, ella lo sabía bien. Pero cómo alcanzarlo si el agua era una barrera que no podía cruzar< su efecto era tan nocivo que al instante la mataría.

Permaneció allí durante un rato, junto a la orilla desafiante, que la retaba ante el desespero que le provocó sentir que la melodía se alejaba y no podía ir tras ella.

La tortura la enloqueció. Los que cuentan la historia dicen que de la tristeza largó sus escamas. No soportó aquello, y hundiose poco a poco. El agua parecía ácido al entrar en contacto con su piel, y junto al humo, el viento se llevaba un horrible grito de dolor. Pero no le importó. Se sumergió por completo. Ahora veía una luz, ella era la dueña de aquel sonido. Y fue tras ello nadando por los inhóspitos fondos de aquel lago.

Cinco días con sus cinco noches pasaron desde ese acontecimiento. Los hombres, sin saber el paradero del monstruo se preguntaban si por fin vivirían en paz. El sexto día fue iniciado por un tormentoso aguacero; tanto, que las aguas del lago fueron más allá de sus fronteras.

Tres hermosos arcoíris ciñeron el cielo llegada la tarde. Tras la horrible tormenta un segundo amanecer para ese día.

En el bosque un mago rezaba ante una piedra. Cada una de sus palabras eran como un cincel, que poco a poco fue descubriendo un huevo dentro de esta. Era perfectamente ovalado, blanco como la más blanca leche; se podía decir que brillaba. Lo tomó entre sus manos, lo besó y lo puso al pie de un enorme árbol. Luego, el mago desapareció.

La noche de aquel sexto día llegó espléndida. El cielo oscuro estaba repleto de estrellas, que juntas, suplían la labor de la luna ausente. Pero todos se percataron de algo: una nueva estrella aparecía en el firmamento, algo que para aquellos hombres era señal de buen augurio. Sobresalía por su tamaño y brillo.

El huevo fue el primero en recibir su luz. Luz nueva y renovadora en aquellos tiempos oscuros.

Se comenzó a mover, y la cáscara se cuarteaba lentamente. Llegada la media noche la Estrella estaba en el centro del cielo. Así nacía una nueva criatura, nunca antes vista. Tierna, eso sí. Semejaba a una cría de dragón, pero todo blanco y plateado, con una bondad reconocible en sus ojos.

Nacía de la muerte del mal el bien, la cara opuesta de la misma moneda. Al abrir por primera vez sus ojos al mundo solo tenía aquella Luz que lo acompañaba: pero su personalidad era fuerte, valiente y decidida. Sus primeros pasos fueron entre las raíces del enorme árbol. Era un macho. No lloraba por hambre o soledad, empinaba su hocico en busca de lo que necesitaba, no lo pedía.

Estiraba sus alas, pronto aprendería a volar, por el momento ese sería su hogar. Pronto volaría sobre el bosque. Pronto los humanos y otras criaturas lo conocerían mejo. Su mito se rompería con auténtica realidad.

Había nacido El Dragón, la fuerza de la Luz de la nueva Estrella.

(Texto sin título escrito entre 2008 y 2009. Renombrado como: “El nacimiento de El Dragón”)