El combate de los dos reyes. Capítulo Beta. Andreídadas tomo 1


Oscuras nubes se posaban en las Montañas del Silencio; tal parecía que esperasen impacientes el devenir de los acontecimientos que, por lo pronto se anunciaban nefastos.
Hacía tiempo ya que la Prepotencia se había adueñado de la mente del Rey de Reyes, emperador de la Alianza de los reinos humanos en las Tierras del Centro.
Hacía tiempo ya que sus oídos se acostumbraron a los gritos de victoria cuando sus ejércitos tomaban las plazas vecinas.
Hoy, era tal su poder que, nadie se atrevía a alzarse contra él. Todos deponían sus armas y los reyes se convertían en lacayos suyos. Solo alguien dijo ¡NO!
Era Lesbos, el rey de la rica villa ubicada detrás de las Montañas del Silencio. Un juicioso y pacífico soberano que había traído a los hombres de aquellas tierras tiempos de prosperidad. Fue por eso que cuando decidió hacerle frente al ambicioso rey del valle vecino contó con el apoyo de los lugareños. Hasta mujeres y niños estaban dispuestos a defender la felicidad alcanzada.
_ ¡Los convertiré en polvo!- gritó Ardel, rey de reyes al saber de tal osadía.
Rápidamente ordenó a su gigantesco ejército que se dirigiera al otro lado de la Montaña. Allí se estacionarían para preparar un ataque contra el rebelde. Lesbos, así como todo su reino, sabía que no tenía muchas oportunidades. Ellos no eran diestros guerreros y no contaban siquiera con el suficiente número de hombres y armas. Por ello pidió ayuda a las tribus no-humanas que en los alrededores vivían, pero todas voltearon el rostro.
Entonces el Sol asomó titubeante por sobre el horizonte, no quería presenciar tan terrible carnicería que se avecinaba. Pero al fin los gallos anunciaron la llegada del nuevo día.
Con resignación y valentía fueron los guerreros de Lesbos a enfrentar la muerte. Encontráronse, prestos en la planicie, a sus ejecutores. Todos exhalaron temor.
Fue entonces que Lesbos, entristecido por la suerte de aquellas almas, ideó una variante mejor. Tomó su halcón y envió un mensaje al jefe del ejército adversario.
Ardel sonrió complacido y devolvió al ave con su aprobación. Tomó su espada y salió a caballo al frente de sus tropas.
Ambos lucharían cuerpo a cuerpo en lugar de sus respectivos guerreros. Lesbos quería salvar la vida de los suyos, así ganara o perdiese. Y Ardel deseaba conservar el frescor de sus tropas para la invasión que planeaba al Oeste.
Así, pues, se presentaron los monarcas frente a frente en medio del campo de batalla.
Arremetiéronse con titánicas fuerzas. Soltaban chispas las espadas de bronce. Relinchaban los corceles de fuego. Fuertes, saludables y jóvenes eran ambos, también diestros con las espadas. Extendiose entonces el combate por varias horas.
El Cansancio se asomaba por los ojos y poco a poco se asentaba en los rostros. Ya era visible. Solo era cuestión de tiempo que uno de los dos cayera. Todos enfundaban valor con sus gritos desde ambos bandos.
Solo un pequeño detalle olvidó Lesbos al solicitar este duelo: Ardel, además de rey, era hechicero, y en cualquier momento podía valerse de sus artimañas.
Tronaron impacientes las nubes desde el cielo, amenazaban con lanzar su lluvia sobre el campo de batalla.
_ Has decretado tu propia muerte. – dijo Ardel- En mi corte doy buen trato a los soberanos que se unen a mí. Con gusto te daría la bienvenida.
_ No seré uno de tus perros de compañía. Mi pueblo y yo preferimos el martirologio antes de caer bajo tu dictum.
_ Al final todo tu empeño será en vano porque yo voy a ganar. – y sonrió maliciosamente.
Una nube de polvo los rodeó al instante, y con astuta destreza Ardel clavó la espada en el abdomen de su adversario.
Nuevamente el Rey de Reyes hacía suya la victoria, aunque esta vez fuera vilmente raptada.
El reino rebelde fue sometido, y con ello la campaña de conquista al oeste había comenzado.