El camarada

Y ahí llega el camarada. Viene de la guerra que ha concluido ya. Su cuerpo se le ve agotado, pero en sus ojos trae el brillo de la esperanza de una vida nueva. Entra con vigorosos pasos en su ciudad amada. Tal vez esta no se encuentre tan bella como antes: las sorpresas que las bombas traen se encuentra esparcidas por cualquier lugar. Pero el camarada sonríe lleno de júbilo…

En la ciudad amada todos le saludan al verle pasar, pero a medida que se aproxima a la casa de los padres las miradas se vuelven evasivas y el lugar de las sonrisas es sustituido por los labios y ojos tristes.

El camarada apresura sus pasos y busca la casa de la infancia, aquella en que nació y creció, donde aprendió a amar a su ciudad y a su gente, donde regresaba cada día luego de ir a la escuela, y de donde había partido para defender a la Patria de las bestias pardas que del Oeste había llegado.

Se detuvo de súbito el joven héroe. Tiró al suelo su mochila y comenzó a dar lentos pasos por entre los escombros. Nada había quedado. El fuego lo consumió todo sin piedad alguna.

Y allí, en aquel rincón donde en un tiempo jugara con los amigos, yacía su pequeño fusil de madera. Lo miró con detenimiento (sus manos temblaban), pero nunca lo tocó.

Todo a su alrededor era gris y negro. La muerte había dejado su marca a su paso por allí. Contuvo la respiración e hinchó el pecho, pero no pudo, al final, contener el llanto. Nadie se atrevió a acercársele; incluso pocos resistieron el hecho de contemplarle. Pero el cielo quiso sentirlo cerca, y entonces llovió. Fue una lluvia muy ligera, aunque suficiente para poder acariciarle.

Ya el tibio hogar no estaba. Ya los amados padres habían partido sin decirle el adiós definitivo. Ya los contemporáneos habían dejado su sangre en el campo de batalla. Solo le quedaba aquel fusil de palo que no podía tocar.

Y bajo aquella misma lluvia se puso nuevamente de pie. No se sentía un camarada, simplemente un hombre solo. La ciudad dejaba de existir para él y solo deseaba dar orden a todo el desastre que le rodeaba. Sin descansar siquiera comenzó a apartar bloques y maderas; construiría un nuevo hogar…

¿Hogar? Se preguntó a sí mismo. Un hogar es para la familia, para el amor, para los amigos. Se respondió. Esto tal vez llegue a ser una cueva, un refugio, pero nada más. Y con desconsuelo continuó su tarea.

Pero no tuvo mucho motivo de ser aquella consoladora lluvia del cielo. Dos nuevas manos llegaron sin hablar para ayudar con la pesada carga. Eran dos manos desconocidas, pero llevaban dentro el alma de un camarada dispuesto a luchar. También era un héroe y llegaba de la guerra. Desvió su camino al hogar al ver a su camarada en solitario y no pudo continuar.

Tu familia te espera. Replicó el primero. No, mi familia también eres tú. Contestó el segundo. Y ambos sonrieron. Lo hicieron con aquellos rostros fustigados por los vejámenes de la contienda de tantos años, y con los corazones desnudos entre las callosas manos que ahora se estrechaban.

Andrey V. R. /  16 de mayo de 2014

Descargar libro completo de relatos (GRATIS)