De nuevo Narciso

Me despierto. Veo el reloj. Son las 10:00 am. La pereza apenas me deja abrir los ojos. Una deliciosa sensación había dejado en mí el sueño. Pero luego el placer se torna diferente.

Abro los ojos y miro el techo. Tomo un nivel de conciencia inédita para mí. Siento como respiro. Nunca había experimentado nada igual. Es indescriptible. Es delicioso, vivo, diferente.

Me siento sobre la cama y observo a mis piernas. Me asusto de tal forma al verlas que casi lanzo un grito. Pero de inmediato tomo el control sobre mí (aunque el corazón no deja de latir con esmero). Las observo con detenimiento. ¡Oh, Dios, tengo piernas! Emocionado las toco, las acaricio. Es la primera vez en mis 22 años que tomo plena conciencia de mi ser físico.

Luego veo una mano. Luego la otra. Las beso, las muerdo y luego paso mi lengua por la salada piel. Ahora siento que respiro como un caballo en pleno galope.

Miro a mi alrededor: la habitación está vacía de humanos. Me pongo de pie y me detengo ante el gran espejo que me permite verme de cuerpo entero. Mis pupilas se dilatan ante la imagen. El corazón se me quiere salir. Sonrío al comprender que ese cuerpo soy yo.

Alzo los brazos. Muevo las piernas. Me muevo con calmada y coreográfica manera. Quito las ropas que me visten y contemplo con detenimiento cada una de las partes. Estoy muy emocionado. Me percato de que aún el reloj está sonando pero no hago nada por detenerlo.

Me acerco más al espejo. Mi rostro es común. Nada posee de relevante. Pero aun así no puedo dejar de contemplarle con admiración.

Con una mano toco la otra, y juntas recorren todo el cuerpo. Y en el centro de este surge algo viejo y nuevo a la vez. Pero ahora es muy especial. Me excito en demasía y me masturbo sin que mi cerebro la recree con imágenes. No pienso en nada. Solo siento el placer. He descubierto a mi cuerpo.

Quiero volver a la cama. Allí me cosquilleo toda la piel con suaves caricias, luego del intenso éxtasis y la abundante eyaculación.

Apago la alarma del reloj. Justo ahora es que me molesta. Escucho el ruido de la calle y la voz de mis padres del otro lado de la habitación. Quiero lucir ante todos mi cuerpo.

En la cocina los encuentros a ambos y me saludan como siempre. Eso me molesta. Esperaba de ellos más atención. Tomo una tostada y salgo de casa sin hablar una palabra.

En la calle el aire es más limpio. Me complace como el Sol baña mi piel.

Pero me percato de que al resto no le interesa que hoy he descubierto a mi cuerpo, todos tienen uno. Pasado un rato tal actitud me es indiferente. Corro, salto y doy vueltas en un solitario parque. Allí me tiendo sobre el césped y me entretengo al ver las nubes pasar. Huelo el verde de la hierba y escucho el suave cantar de los pajarillos. Todo es tan blanco y lleno de colores a la vez.

Me percato de que la naturaleza también tiene hermosos cuerpos: grandes y fuertes árboles… Siento un poco de envidia, deseo tenerlo todo para mí. Luego comprendo que solo me basto.

Veo pasar a una hermosa chica. Ella me guiña un ojo pero me doy importancia. Me complace ver cómo me desea y que no le daré esa oportunidad. Ella pasa de largo enojada. Yo sonrío. Luego pasan dos chico. El uno de dotada musculatura y bello rostro. El otro de endeble cuerpo y nariz pronunciada. Me los imagino teniendo sexo. Luego descubro que son hermanos.

Me siento extasiado. Ahora soy yo y mi cuerpo. Es decir, yo. Creo poder gobernarlo todo. Aunque en realidad sé que no es así. Quiero preguntarme cuánto tiempo durará esto. Pero no da resultado. Llego a la conclusión de que será para siempre.

Llegada la tarde voy donde mis dos únicos amigos. Esta vez sus conversaciones me resultan muy aburridas y me voy a otro lugar.

Camino por el puente de regreso a casa. Contemplo mi imagen en las aguas del río. Deseo tocarla y tocarme al mismo tiempo. De no ser por el grito de un desconocido estuve a punto de caer al agua. ¡Qué horror! Me hubiera ahogado. Nada sé de nadar. El resto del día estuve vagando por la ciudad, siendo perseguido por los cristales de las tiendas y los retrovisores de los autos.

Ahora estoy de vuelta a casa. Mi padre me hace un montón de preguntas que me aburren y paso de la sala a mi habitación. Me desnudo y me tiendo sobre la cama. Un escalofrío de miedo recorre mi cuerpo. ¿Y si al despertar mañana ya no lo tengo? ¿Y si muero estando dormido y no me percato de que lo pierdo?

Me acurruco entre las sábanas. En la ciudad ya todos duermen. Pero yo no concilio el sueño. Me levanto y me contemplo ante el bendito espejo. La imagen me consuela.

De repente siento un frío dentro de mí que termina por invadir mi cabeza. ¡No! ¡Es solo mío! ¡Y no será de nadie más! ¿Y si me obligan? ¿Y si me enamoro de alguien? ¿O si me violan en la oscuridad? ¿Y si alguien me roza, me saluda o me besa?

Tomo la navaja que guardo en la mesita de noche. Pero se me ocurre una idea mejor: de la cocina traigo una botella de gasolina. Me baño de la cabeza a los pies con el combustible. Prendo un fósforo y….

Andrey V. R. /  Primavera de 2012

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