Cupido XXI

De súbito se acercó y sin perder tiempo le susurró con suaves palabras: “¿Por qué lo dejaste?”. El chico, con el rostro aún marcada por la tensión, se volvió, y frunciendo el cejo le reprochó “¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste? ¿Por qué te metes en mi vida?”. El de ojos café sonrió con serenidad. “Él te ama, y tú lo sabes bien.  ¿Por qué no le perdonas y le das otra oportunidad?”. “¿Cómo sabes esas cosas?”. “Todos los días los observo y me regocijo de que entre ustedes naciera tan hermoso romance. No permitas que algo así termine por un capricho. Admite el júbilo de estar junto a él”. Y diciendo estas últimas palabras montó rápidamente en el bus que acababa de llegar. El otro chico se quedó allí, turbado y confundido, intentando comprender el sentido de todo aquello.

Una vez que el ómnibus se alejó, el de sonrientes labios respiró aliviado. Un sentimiento de emoción recorría su cuerpo. Aquello había sido toda una hazaña para él. Se complacía de haber contribuido a que ese amor tantas veces contemplado pudiera restablecerse. Recordaba todas esas tardes en las que al volver a casa se topaba en la misma ruta con aquellos dos chicos. Los admiraba, los veneraba… Deseaba para sí una historia como esa, pero al no tenerla se contentaba con el hecho de que al menos otros lo tuvieran.

Pero justamente este pensamiento final nubló su vista y arrugó el rostro. Los tiernos labios se contrajeron y la zozobra se apoderó rápidamente de su alma. Dentro de sí se fragmentaba en dos y hasta tres, desatándose una guerra de criterios y posiciones al respecto. “Basta de hacer de juez y de benefactor, de estar al margen de la historia”. “Debes asumir lo que eres, esa es una resignación salvadora”. “Aprende de ellos y admíralos, ya llegará tu momento”…

No era la primera vez que estos tormentosos diálogos lo visitaban, pero era la primera ocasión en que se sentía verdaderamente agobiado. Sentía que ya no tenía aire y que le costaba poder respirar. Así, miró con desespero a toda aquella gente que lo rodeaba y salió del bus en cuanto este se detuvo. Corrió con muchas fuerzas, deteniéndose al fin en un parque de frondosos árboles. Allí se acostó en un banco y se quedó dormido.

Un mes después.

_ Mira, es ese el que yo te digo.

_ ¿Ese? ¡Vaya, quién lo diría! Con la pinta de alcornoque que tiene.

_ Pero dicen que todo el que se va con él no regresa más.

El malecón estaba lleno de gente, así como la plazoleta anexa a él. La noche era de fiesta, y como cada fin de semana se reunían allí quienes deseaban diversión y quienes la vendían. Era el supermercado más popular de todos.

A pesar de haber transcurrido cuatro semanas desde que comenzara a frecuentar ese lugar cada noche, el de los ojos café experimentaba siempre la misma sensación de angustia y compasión, acompañados por un miedo a aquel terreno inhóspito, tan distinto de él. “Hola”, dijo al acercarse a aquellos ojos negros que llevaban rato observándolo. “Hola”, le respondieron, “¿Puedo ayudarte en algo?”, y lució los músculos de los desnudos brazos. “Si me acompañas sí. Todos podemos salir beneficiados”, sonrió nuestro protagonista.

Ambos chicos se alejaron de la multitud y caminaron solos por oscuras calles. Conversaban y se reían, mucho más de lo que su nuevo compañero esperaba. Luego de largo andar se detuvieron en el mismo parque que hace un mes eligiera como sitio preferido.

_ ¿Por qué te dedicas a esto? – preguntó el de ojos color café.

_ Dinero.

_ ¿Has intentado buscar trabajo? Me has demostrado ser inteligente, sacrificado…

_ He tenido muy mala suerte en la vida. – contestó enojado – Las cosas no son tan fáciles.

_ ¿Y si ahora te dieran la oportunidad de salir de este mundo?

_ ¿A qué viene todo esto? No te enredes. Tú me pagas y yo te hago pasar la mejor noche de tu vida. – y le acarició la entrepierna.

_ Es en serio lo que te digo. – le apartó la mano.

_ Mira – y sonrió con picardía – En el fondo esto me gusta, de lo contrario no lo haría aunque me estuviera muriendo de hambre.

_ Exactamente qué es lo que te gusta, ¿acostarte cada noche con alguien distinto o servir de objeto sexual a los desconocidos?

_ Me gusta todo, en especial tenerte aquí. – lo atrapó fuertemente entre sus piernas y lo besó.

La oscuridad de aquel banco daba libertades que ni la más tierna cama ofrecía. Solo los árboles fueron cómplices de los gemidos, sutiles cantos del placer consumado.

_ Cuando era más joven soñaba mucho con encontrarme con mi príncipe azul. – confesó el de fornido cuerpo entre los brazos de nuestro amigo.

_ ¿Por qué dejaste de desearlo?

_ Nunca llegó y me convertí en alguien muy triste. Pasiones como estas me hacen olvidarlo.

_ Conozco a alguien que tal vez sea quien buscas. Se parece mucho a todas esas cosas que hace un rato me contabas.

_ ¡Bah! Ya es demasiado tarde.

_ También conozco a alguien que puede darte empleo. El salario es decoroso y podrás aprender artes manuales. ¿No es eso con lo que soñabas de pequeño?

El desconocido lo miró con seriedad, y luego sonrió al comprender que no se trataba de un juego. Lo abrazó fuertemente. Había decidido aceptar.

Pero aquella noche el de ojos color café volvió a dormir solo, como de costumbre. Al poner su cabeza en la almohada pensó en las cosas buenas que había hecho, de cuánto había ayudado a los demás. Sin embargo, el júbilo obtenido no era el esperado.

El amor en el siglo XXI no se parecía en nada al de aquellas novelas que tanto le gustaba leer, y su hobby de Cupido trasnochado se iba transformando en una condena de la que ya no podía escapar.

Al día siguiente, como de costumbre, regresó al malecón en su misión de rescate de almas perdidas. Solo saber que su tarea daba resultado le otorgaba las fuerzas necesarias para adentrarse en aquel mundo que le causaba tanta repulsión. Mas, nuestro amigo era buen actor, y una vez en la escena se transformaba en el mejor de los cazadores.

_ Ahí lo tienes de nuevo. Como todas las noches.

_ Ya veo que llevas la razón. – y el de rubias mechas lo contempló desde la distancia como lo hiciera el día anterior.

_ ¿Adónde vas?

Pero su amigo no contestó. La curiosidad le tomó de la mano y lo llevó a acercarse al misterioso galán de ojos color café.

“Hola”. “Hola”. “¿Busca compañía?”, y el chico rubio le guiñó el ojo con una coqueta sonrisa. “Todo depende de quién me la ofrezca”. “Pensé que a este lugar no venían personas muy exigentes”, y pasó su mano por el musculoso torso que la chaqueta entreabierta dejaba desnudo.

Nuestro amigo quiso responder. En estos casos siempre tendría a la mano una respuesta oportuna, capaz de hacerle caer en sus manos a potencial presa. Pero aquella mirada lo turbó y sintió caer por debilidad y cansancio a sus alas de Cupido.

“¿Y bien?”. “Creo que no. Esta noche no”, y salió corriendo de allí sin mirar atrás. Una vez que cruzara la calle que colindaba con la plazoleta se dejó caer sobre un quicio. No tenía una respuesta para lo que le sucedía, aunque en el fondo pudiera encontrar miles de argumentos.

“¿Qué te sucede?”. “¿Por qué me sigues?”. “Me gusta terminar lo que comienzo”. “Me temo que esta noche será tu excepción”. “¿Y cómo sabes lo que quiero?”. Nuestro amigo sonrió con sarcasmo y se puso de pie. “Vamos, no soy nuevo en este negocio”, y señaló a la muchedumbre del otro lado de la calle.

“¿Por qué te dedicas a esto? Me han dicho que vienes todas las noches”. Nuestro chico se desconcertó con aquella pregunta. “¿Cómo sabes a lo que me dedico?”. “¿Lo haces por placer o por dinero?”. Él siempre era el que hacía esa pregunta. ¿De dónde había salido ese fulano? ¿Qué quería?

“Ni lo uno ni lo otro”, respondió ante aquellos ojos que le transmitían cada vez más inquietud. “Vaya! ¿Y entonces por qué?”. El de portentoso pecho apoyó su brazo contra la pared, cerrándole la posibilidad de escapar de allí.

Nuestro amigo suspiró e trajo de vuelta a la fuerza sus desgastadas energías. “De acuerdo. Sígueme”. Ambos caminaron por oscuras calles hasta llegar al mismo parque de todas las noches. Su compañero se sentó muy pegado a él y no pidió siquiera permiso para poner su mano sobre su muslo.

“Me dedico a rescatar a gente como tú. Me dedico a facilitar el amor entre la gente”, le espetó sin preámbulo alguno. Nunca lo había dicho a nadie, y mucho menos de un modo tan directo. Escuchar sus propias palabras le hizo recorrer un escalofrío por toda su columna vertebral.

“Entonces, si te pido un novio de verdad, ¿me lo buscarías?”, por lo general cualquiera se hubiera reído de algo así, pero aquel chico de pelo artificiosamente rubio no lo hizo. Al contrario, parecía enojado. “En principio sí, pero lo más importante es que dejes la vida que llevas. También te buscaría un empleo”, dijo todo aquello sin mirarle a los ojos y bajó la cabeza, como derrotado.

“¿Y qué hay de ti? ¿Tienes ya al amor de tu vida?”, el chico se apartó un poco de él. Su expresión parecía cada vez más seria. “Tal vez no es mi destino, sino facilitarlo a los demás”, esto último lo dijo con apagado susurro.

“Dicen que todo aquel que se va contigo nunca regresa”. “Así es. He tenido suerte hasta este momento”. “¿Y te sientes feliz?”. “Al menos mi tarea funciona”. “¿Sabes que allí hay todo un gran negocio? Sé de varios chulos[1] que estarían muy enojados contigo. Es peligroso lo que haces”. “Vale la pena”, y le sonrió por primera vez. Y fue demasiado tierna aquella sonrisa como para no ser correspondida con un beso. Los dos hombres se entregaron a una pasión que los atrapó de súbito en medio de la noche sin Luna.

Nunca antes se había entregado a otro hombre como lo hizo esa vez. Quedó totalmente vulnerable a los besos y caricias de aquel desconocido. Su mente se nubló, dispersa y agotada, mientras se convertía en objeto de una desenfrenada pasión.

Y en el instante en que su flor dejó salir su blanco aroma una daga desgarró sus entrañas, confundiendo en él el placer con el dolor. Sintió que su cuerpo era lanzo contra el suelo, abandonado por aquella risa que se alejaba sin pudor.

Sus ojos color café habían perdido su brillo. Pero su cuerpo fue lo suficientemente fuerte como para ponerse de pie y llenar su mirada con determinación y enojo.

Andrey V. R. / Febrero de 2015

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[1] Jefe del negocio de la prostitución. Encargado del trabajo y el cobro de la/os prostitua/os.