¿Adónde van los catalanes?

La victoria de los independentistas catalanes en la votación simbólica  efectuada este 9 de noviembre es la muestra palpable de las ansias de ese pueblo por su soberanía y autodeterminación. Tal vez el gobierno, encabezado por Mariano Rajoy y el Partido Popular, no lo logran comprende, y acudan a las leyes para desacreditar su validez. Pero lo cierto es que tales comicios son un punto de inflexión en la historia de España.

En contraste a lo sucedido en Escocia hace un mes atrás, los ibéricos no han titubeado, siendo más del 80% de los participantes los que apoyaron el SÍ independentista de este domingo. A pesar del carácter no vinculante de este proceso los habitantes de Cataluña fueron en masa a recordarle a Madrid que ellos no desean seguir bajo la dominación española.

Pese al intento fallido de la Generalitat por organizar un referéndum formal, todo parece indicar que la euforia de este triunfo intensificará el reclamo de la población a fin de que Arthur Mas y su coalición radicalicen sus gestiones en aras de alcanzar la definitiva independencia.

Pero suponiendo que los catalanes obtengan lo que tanto añoran, ¿qué sucedería después? Puede que hacer pronósticos sea muy anticipado, pero de seguro que este pueblo ya se los ha hecho. No se trata de un juego, es el destino de millones de personas y el destino de un país (España), e incluso de la Unión Europea (UE). Por parte del gobierno central habría que esperara saber qué partido político se encontraría en el poder, aun así el rey Fernando VI se mantendrá intransigente. En el caso de la UE el mayor porcentaje lo determinará la postura de Madrid, aunque de seguro otras naciones del bloque con conflictos internos similares presionarán para que no se reconozca la eventual independencia.

Es muy probable que los catalanes se vean ahogados ante un acoso económico y diplomático, pero eso ya lo saben bien. Habría que esperar a ver cuánto están dispuestos a resistir el aumento de las penurias económicas, ya de por sí bastante deterioradas. Claro, una Europa maltratada por la crisis financiera no deberá darse el lujo de perder un mercado tan importante como el catalán. Desde otras latitudes hay muchas naciones que están dispuestas a reconocer al nuevo Estado, y con ello el intercambio con un mercado sin los rivales europeos. Estoy seguro que la UE se sentiría tentada de perder socios favoreciendo a sus competidores americanos y asiáticos.

Una eventual independencia de Barcelona serviría de ejemplo y estímulo para aquellos pueblos europeos que ansían la separación. En la misma España, el país Vasco no dudaría en lanzarse definitivamente por su añorada soberanía, por lo que el mapa ibérico quedaría muy parecido a lo que fuera antes de 1491, año en que se culmina el proceso de unificación entre los distintos reinos.

Gran parte de Europa es un potencial polvorín de pueblos deseosos por su soberanía. Aunque dichos reclamos son silenciados constantemente por la gran prensa son conflictos que están latentes y salen a relucir en momentos de crisis especialmente económica. Si la UE tomara en serio su futura integridad debería replantearse las relaciones interétnicas e interestatales, a fin de que sean respetados los derechos de sus pueblos a la autodeterminación y al mismo tiempo que se mantenga la estabilidad social y económica de esa región. Muchos de los críticos de la Unión tienden a comparar al grupo con la Unión Soviética, y proclaman constantemente que sufrirá el mismo destino de esta última.

Válido o no este análisis, el hecho es que a los catalanes no les interesa otra cosa que ser tratados con la dignidad que se merecen. Reivindican el derecho al uso de su idioma y el desarrollo cultural propio. Abogan por manejar sus riquezas y leyes según la voluntad de su pueblo y no según el dictamen de otros. Constantemente denuncian el atropello y desdén con que Madrid los trata. Este último aspecto resulta uno de los más utilizados contra aquellos que aluden al sentimiento de hermandad entre “la gran familia española”, persuadiéndolos para que continúen dentro de fronteras.

Mariano Rajoy y el PP no han tenido la prudencia de David Cameron, ofreciendo más derechos y autonomía a los escoceses a cambio de renunciar a la independencia. La intransigencia del jefe del gobierno español solo ha radicalizado las posturas de los independentistas. Los catalanes saben que es un asunto de todo o nada. Madrid nunca ofrecerá a Barcelona las prebendas que Londres le ofreció a Edimburgo con tal de mantener la unidad nacional. De quedarse dentro de España, Cataluña seguirá igual o peor.

Sería justo preguntarse, una vez llegados a este punto, si la separación es la respuesta de los problemas, tal y como muchos detractores de este proceso señalan. Pienso que visto de un modo descontextualizado no sería difícil acusarla de propuesta errada, pero la historia, y aún más, el presente, no se analizan fuera de contexto. Si para fines del siglo XV a estos pueblos les resultó provechoso unirse (suponiendo que fuera aceptado este punto de vista) en su lucha contra los moros, etc.; hay que admitir que en el presente esa no parece ser la fórmula. Pero por encima de todo, di si es correcto o no, lo que no se debe violar nunca es el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Si los catalanes se equivocan o no con su elección es un asunto de segundo orden, lo principal es que se ejerza la democracia a la hora de elegir y la potestad a la hora de hacer valer el resultado sin que otro pueblo lo impida.

La culpa de que en Cataluña los ánimos independentistas hayan tomado los niveles de hoy se debe a que el monarca y su gobierno no han sabido ajustar sus leyes y políticas a las nuevas realidades y a las demandas de sus súbditos. La arrogancia de Madrid, tarde o temprano recibirá su castigo y es muy probable que sean los catalanes los primeros en ajustar cuentas. En lugar de menospreciar lo sucedido este 9 de noviembre el gobierno central debería reflexionar profundamente sobre su significado, si en serio no desean ver a España convertida en un tablero de ajedrez.

La dirección en la que se dirigen los catalanes les queda a ellos bien claras: van en busca de ejercer sus derechos y de un futuro mejor para los suyos. Nosotros, el resto de sus hermanos de todo el orbe, debemos mediar para que nadie salga dañado en la solución del conflicto.

Independencia no significa divorcio, significa respeto y estima. La imposición solo acarrea males e injusticias. Que los catalanes se quieran marchar de España no debe ser motivo de inquina y hostilidad. Lo sabio es reconocer cuando nos equivocamos, pedir perdón e intentar empezar de nuevo. Ese sería, tal vez, el mejor final de la historia. Si Madrid reconociera a una Cataluña independiente no dudarían que estos juntos pudieran trabajar con mejores fórmulas para solucionar el deprimido estado en que se encuentran sus sociedades y economías.

Andrey V. Ruslanov