Adán y el amor

Hace poco había surgido la vida en la Tierra. Plantas y animales se esparcían por doquier poblando cada rincón. Y en esta casi súbita llegada al mundo, cada quien buscaba su pareja. Claro, no hubo pocas equivocaciones, por lo que en aquellos tiempos se podía ver como resultado de dispares uniones, a exóticos ejemplares que hoy tomaríamos como míticos. En el caso del hombre el asunto se complicó un poco más.

Adán, nuestro primer ancestro, mucho tuvo que andar por las tierras africanas; tanto así, que decidió salir del continente en busca de un semejante. Por entonces la tristeza embargaba su corazón. Un sentimiento de envidia le nacía al ver los frutos de la unión entre otras criaturas. Sin embargo, al mismo tiempo se sentía orgulloso, pues sabía que en todo aquello debía haber algo más, un sentimiento sublime que solo a él le correspondía, y una vez que lo encontrara sería más dichoso que los demás. Con el tiempo llegó a denominar a esta cosa casi mística como “amor”.

Y efectivamente, pudo un día sentir en su alma y su corazón todas aquellas sensaciones que hasta entonces idealizara. Fue en el instante en que se encontró con dos ojos que resultaron conocidos, aunque nunca antes los viera. Ambas criaturas se acercaron lentamente, comprobando que eran el semejante que buscaban. Los dos cuerpos, aún desnudos, hicieron por primera vez el amor.

Luego vinieron las palabras, las caricias más gentiles y las preguntas más ansiadas. Adán había conocido a Samuel, un hombre como él. Ambos estaban profundamente enamorados el uno del otro. Desde entonces no se les vio separados ni un instante. Juntos hicieron grandes cosas, hazañas que resultaron el asombro de las demás especies. Ellos afirmaban que la inteligencia que portaban era fruto del amor que entre ellos existía. No se trataba solo de aparearse, sino de experimentar algo superior.

Claro, la mayor prueba a la que se vio sometido ese amor fue cuando, luego de intentarlo reiteradas veces, comprobaron que no podían tener hijos, en tanto al menos uno de ellos no contaba con las formas, en las entrepiernas, que lo hacían posible en las demás especies. Todas las criaturas se burlaron de ellos.

Pero Adán y Samuel supieron afrontar el reto. Se profesaron más amor que antes, y esto produjo como resultado mayores dotes de inteligencia y destreza. Aquella pareja resultó invencible, y poco a poco se fueron convirtiendo en reyes del mundo.

¡Ah!, mas la envidia cegó a muchos, y estos, en conspiración, capturaron a Samuel un día y lo asesinaron. El dolor que esto provocó en Adán, fue lo que tales criaturas más disfrutaron.

Desde entonces Adán deambuló por el mundo olvidando la inteligencia que junto a Samuel había cultivado. Su amor herido le hizo caer en un profundo sueño del que solo se despertó con la voz de Dios. Hasta ese momento no había tenido el placer de conocer al gran Padre, ni siquiera sabía de su existencia. Este le dijo que había decidido interceder por él, pues era el amor lo que justamente quería para el mundo que había creado. Por eso, mientras dormía, le arrancó una costilla y creó de ella a una mujer; una criatura semejante con la que podría tener prole y esparcir por el mundo aquel sublime sentimiento que había encontrado.

Luego de tanto dolor y pesadillas en ese sueño de tormentosa creación, cuando Adán vio a Eva supo que la podría amar mucho. Y así fue hasta el final de sus días. Mas, cada noche, al volver a dormir, Adán veía en sueños a su amado Samuel; y cada mañana, al despertar, sabía que nunca tendría un amor como aquel.

Andrey V. R. Primavera de 2015

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