¿Placer?

Stas([1]) se había ido a la guerra porque no podía permitir que unos extranjeros malditos entraran en su Patria y la maltrataran. Solo de saber que mujeres, ancianos y niños eran asesinados por los nazis la sangre hervía en sus venas.

En el combate era el primero en gritar y de todos el más valiente. Nadie podía dejar de admirar al joven Stas.

Pero un buen día, de esos en que la suerte decide darte la espalda, nuestro héroe cayó en manos del enemigo. Para entonces ostentaba el grado de sargento y comandaba a un pequeño grupo que intentaba raptar a uno de los oficiales del ejército alemán.

Los jóvenes soviéticos fueron enviados a prisión.

“¡Quiero información! ¡Hagan todo lo necesario para obtenerla!”, ladró el oficial a cargo en el campamento enemigo.

Primero los ubicaron a todos juntos en una sucia celda. Y uno a uno fueron conducidos a otro lugar donde los interrogarían severamente, esto es, la tortura.

Los compañeros en espera podían escuchar los gritos, y el miedo del corazón los inquietó. Pero eran valientes y prometieron no abrir la boca. De todos el más sereno era Stas, parecía no importarle nada.

Los interrogatorios fueron largos y horribles. Todos acababan por morir, pero ninguno dijo nada. El último en ser conducido a la sala de interrogatorios fue Stas.

_ Esto podemos evitarlo, rusito. – dijo el carcelero – Sé inteligente y evita el destino de tus hermanos.

_ ¡Viva la Patria Soviética! ¡Viva el Camarada Stalin! – gritó a modo de respuesta.

_ Muy bien, así lo has querido.

El alemán, que ni siquiera se había preocupado por ocultar su rostro, se dirigió sonriente a la mesa de los “instrumentos”.

Stas se encontraba con el torso desnudo, atado a una silla de metal.

Primero le tiraron un cubo de agua bien fría y luego le aplicaron algunos voltios con varillas de metal en el estómago. El prisionero no chistó.

Luego, una a una le arrancaron sus uñas. Stas miraba a su enemigo con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa enorme en la boca. Esto irritó al germano, quien lo golpeó varias veces en el rostro. Entre quejido y quejido el soviético reía, lo cual le costó las dos orejas y un martillazo sobre la rodilla izquierda. El silencio reinó por unos minutos.

El nazi lo observaba dese el otro extremo de la habitación, pensando morbosamente qué hacer.

Este personaje, proveniente de los estratos más sanguinarios del partido de Hitler, a pesar de su juventud, tenía amplia experiencia en las cuestiones de la tortura, y en sus manos habían perecido más de cien personas. Asumía su profesión con orgullo y su trabajo lo había hecho acreedor de varias distinciones. Le propusieron varias veces pasar a otras divisiones y ocupar otras responsabilidades, pero a todas dijo NO. Le gustaba lo que hacía.

Luego de otros tantos golpes y picotazos Stas seguía con sus risas y gemidos, pero no cedía. Entonces el gendarme lo desnudó por completo y lo tiró contra el suelo. Allí lo convirtió en una pelota de futbol.

_ Eres tan poco imaginativo. – se burló Stas en idioma alemán.

Esto enojó mucho al torturador, quien tomó el látigo y comenzó a azotarle. El soviético respondía con gemidos de excitación.

_ ¿¡Te causa placer!? – exclamó asombrado. Su descubrimiento le hizo tirar el látigo a un rincón. Un temblor recorría su cuerpo.

Stas sonreía y lo miró a los ojos con picardía.

_ Eres una inmunda rata rusa, ¡masoquista de mierda! – gritó el alemán.

_ ¿Qué? ¿Estás frustrado? – rio - ¿Cuál es el colmo de un torturador?: Torturar a un masoquista. – dijo desde el suelo riendo de su propio chiste.

El alemán se dejó caer sobre la silla de metal. Sus ojos brillaban. Tal pareciera, por sus espasmos y temblores, que la locura se había apoderado de él, pero no, era la rabia.

Y cuando no pudo soportar las risas de Stas, en un momento de rebato, se lanzó sobre él y lo violó.

Una vez saciada su sed quedó tendido junto a la víctima. Este instante fue aprovechado por el ruso, quien le mordió el cuello en la vena aorta, dándole término a su vida.

Y susurró a su oído: ¡Viva Stalin!

Andrey V. R.  19 de febrero de 2012

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[1] Diminutivo de Stanislav, nombre eslavo.